Niñera para los bomberos
Capítulo adicional

Clara
Cinco años después

—¿Señora Dahlkemper? —preguntó la mujer que estaba sentada en el escritorio de la oficina de los Servicios Sociales— ¿Ha tomado una decisión? 
Yo me incliné hacia adelante y contemplé el documento frente a mí. Eran dos hermanos, una niña y un niño, de cinco y siete años. La madre no estaba presente y el padre caía una y otra vez en rehabilitación. 
Hacía cinco años que acogíamos niños sin hogar. Algo que había aprendido es que la mayoría de los casos era muy similar a este: padres que entraban y salían de la vida de sus hijos por circunstancias que estaban fuera de su control o porque eran negligentes. A algunos realmente no les importaban; otros intentaban desesperadamente ordenar sus vidas para mantener la custodia de sus hijos. 
Habíamos sido hogar adoptivo de seis grupos de niños. Cuatro de ellos habían vuelto con sus padres biológicos. Los otros dos grupos todavía estaban con nosotros. 
Resultaba agotador, emocionalmente hablando. Abrir tu corazón a los niños sabiendo que más tarde podrán quitártelos. Me había causado muchas noches de llanto. 
Pero también era increíblemente satisfactorio cuidar a niños necesitados, sin importar cómo fueran a terminar las cosas. 
Estudié el documento y las fotografías de los niños. Me pregunté si acaso sería demasiado para nosotros, sobre todo a la luz de los nuevos acontecimientos… 
Me deshice del pensamiento y le sonreí a la trabajadora social. 
—Lo haremos. Los recibiremos en casa. 
La mujer suspiró aliviada. 
—Me alegra tanto escuchar eso. Trato de no dejar que los casos me afecten emocionalmente, pero estos niños necesitan amor, y ustedes son una de las familias con mejor valoración. Gracias. 
—¿Cuándo llegarán? — pregunté yo. 
—Ya tienen un sitio asignado para el fin de semana, así que los traeremos el lunes, si te parece bien. 
—Por supuesto —dije con dulzura—. Eso nos da tiempo de preparar su habitación. 
Pasamos los siguientes veinte minutos firmando papeles y hablando sobre los detalles. Salí de la oficina de Fresno tan contenta que no pude evitar sonreír. 
Nunca había tenido la certeza de qué hacer laboralmente. Pero ahora ya lo sabía. Esto era lo que quería hacer: cuidar niños que necesitan un hogar cálido y acogedor, niños que habían caído en lo más bajo de la sociedad y necesitaban que alguien los ayudara a salir. 
Eso era más satisfactorio que cualquier otro trabajo de oficina. 
Conduje de vuelta a nuestra casa en Riverville. En un principio, había sido la casa de Derek, pero ahora todos vivíamos ahí. Le habíamos hecho varias modificaciones e incluso habíamos comprado el lote de al lado para unirlo al nuestro, lo que fue un verdadero dolor de cabeza gracias a la Junta de Zonificación. Cuando logramos obtener ese pedazo de tierra adicional, construimos una casa de huéspedes de dos plantas a 15 metros de la casa principal, con cuatro dormitorios y una sala de juegos para los niños. 
Aparqué el coche en la entrada y fui hacia adentro. Taylor y Jordan charlaban en la cocina. Cuando me vieron, se les iluminó el rostro. 
—¡Allí estás! —dijo Taylor casi fue trotando por el pasillo para levantarme en brazos. Cuando terminó, se acercó Jordan y me dio un abrazo bien fuerte. 
Milagrosamente, seguimos con nuestra extraña relación. Y de hecho, se estaba fortaleciendo muchísimo. Los tres seguían compartiéndome sin problemas. 
También ayudaba el hecho de que ya no trabajaban en la misma unidad, entonces tenían horarios diferentes. A Jordan lo habían ascendido a Capitán de la estación de Fresno, mientras que Taylor seguía en el mismo puesto donde había comenzado, cinco años atrás. Pero se había corrido el rumor de que lo estaban considerando para el puesto de Teniente en otra estación en Fresno. Él era muy humilde al respecto y cada vez que le sacábamos el tema, él se hacía el desentendido encogiéndose de hombros en ese gesto tan juvenil suyo. Pero ya todos sabíamos el giro que daría su carrera. 
Y Derek… 
—¿Dónde está el jefe? — pregunté yo—. No vi su coche en la entrada. 
Jordan hizo una mueca. 
—De vuelta está atrasado. 
Yo me lamenté: 
—¡Se va a perder el partido! 
Taylor negó con la cabeza. 
—Ya sabes lo ajetreada que está la oficina principal estos días. 
Derek era jefe, jefe de verdad esta vez. No era solo su apodo. Hacía un mes que lo habían ascendido a la Jefatura de la Estación de Fresno. Eso suponía más trabajo administrativo y gestión de personal. A mí me ponía contenta, porque eso significaba que dejaría de poner su vida en peligro. El hecho de tener solo dos esposos y no tres haciendo un trabajo riesgoso era un excelente avance para mi salud mental. 
Esposos, pensarán ustedes. Así es. Técnicamente, en los papeles yo solo estaba casada con Derek: de ahí el cambio en mi apellido. Pero los papeles son inútiles. Nosotros hicimos nuestra propia ceremonia privada. Les di a cada uno un anillo de tungsteno (el tungsteno es el metal con el punto de fusión más alto de todos los elementos, y me pareció muy poético regalarles eso a mis bomberos) y ellos a su vez me dieron un anillo con un diamante y tres rubíes rojo intenso. 
Eso había sido hacía cuatro años. Aunque Derek era el único que el estado de California reconocía como mi esposo legalmente, no significaba que me sintiera diferente con los otros dos chicos. 
Yo pertenecía a todos ellos y ellos me pertenecían a mí. 
—¿Entonces? —preguntó Jordan— ¿Qué tal salió la reunión? 
Yo me mordí el labio inferior. 
—Ya firmé todos los papeles. La trabajadora social los traerá el lunes así que tenemos el fin de semana para preparar todo. 
Taylor dudó. 
—¿Crees que podemos manejarlo? Sobre todo con… —El tono de su voz se fue apagando y con una mano me acarició la panza. 
Sí, ¡estaba embarazada! Taylor y yo lo habíamos intentado durante un año y por fortuna finalmente lo habíamos logrado. 
Yo me sentía ridículamente emocionada por mi primer embarazo, lo cual es fácil de decir ahora, porque todavía no había tenido cambios bruscos de humor o náuseas matutinas. Pero había una personita creciendo dentro de mí, mitad mía y mitad de Taylor. 
Por supuesto que mi intención era criarlo igual a como criábamos a todos los otros niños que recibíamos en casa. No quería demostrar favoritismos solo porque compartía mi ADN. Después de haber criado a Anthony y ahora que cuidaba a muchos otros niños, sabía mejor que nadie que los lazos de sangre no son realmente importantes. 
Pero de todas maneras, me sentía expectante por los seis meses que me quedaban de embarazo. 
Lo miré a Taylor sonriéndole y le corrí un mechón de pelo de la cara. 
—Apenas estoy en el segundo trimestre. Estaremos bien. 
—Lo que más me preocupa es cómo haremos una vez que nazca el bebé —aclaró Taylor—. Para entonces, tendremos siete niños, si es que los otros siguen aquí. 
Me puse de puntitas de pie para besarle los labios. 
—Ya lo solucionaremos. Siempre lo hacemos, ¿no? 
Su expresión de duda desapareció de su rostro y me volvió a abrazar.
—Tienes razón. Ya lo solucionaremos juntos. Además, tenemos mucho amor para dar. 
Jordan se nos unió y los tres nos abrazamos. No contábamos con demasiados momentos a solas estos días, así que teníamos que aprovecharlos mientras pudiéramos. 
—Voy a ver la casa de los monitos — Miré la hora en el reloj—: ¿Alguno puede llamar a Derek? Tenemos que salir en una hora si queremos llegar a tiempo al partido. 
Salí de allí y crucé el jardín hasta la casa de huéspedes. La puerta del frente daba a una gran sala, que usábamos como un cuarto de juegos enorme. Los cuatro niños estaban adentro, jugando. 
Anthony estaba ahora en edad preescolar. Me sorprendía lo rápido que crecía. ¡Ya medía más de un metro! Todos los libros parentales y los foros en internet estimaban que su altura estaba acorde a la de un niño de seis años, pero yo seguía pensando que era demasiado grande. 
Anthony estaba en el medio de la habitación, con una canasta enorme llena de bloques de construcción para jugar. Estaba de pie frente a un rascacielos de juguete y lo miraba como si fuera Miguel Ángel estudiando el bloque de mármol antes de tallarlo. 
Lo ayudaban Peter y Rosalind, que eran tan solo un poco más chicos que él; tenían cuatro y cinco años respectivamente. Habían estado viviendo con nosotros por un año y ya empezábamos a sentir que serían miembros permanentes de la familia. Lo ayudaban a Anthony a construir el otro lado de la torre e intercambiaban opiniones sobre qué bloque usar a continuación. 
Allí también estaba Ginny, de seis años, la misma edad que Anthony. Ella había sido una de las primeras que habíamos acogido en casa, cinco años atrás. 
Ginny estaba sentadita en una silla, a una distancia respetable del resto. No estaba excluida, sino que sencillamente le gustaba estar apartada. Prefería mirar y a veces daba su opinión o hacía sugerencias desde lejos para contribuir al juego que los otros jugaban. Incluso cuando pintaban con las manos, le gustaba mirarlos a los otros y señalar qué cosas podían probar. 
Esa era su forma de ser. Pero ahora que estaba creciendo, estaba comenzando de a poco a romper el cascarón. 
Estábamos en proceso de adoptar formalmente a Ginny. Es decir, de ir de padres de acogida a padres permanentes. Todavía faltaba mucho tiempo para que el papeleo estuviera terminado, pero nos sentíamos confiados en que lo lograríamos. 
No podía esperar a verle la carita cuando finalmente fuera oficial. Ella me había llamado mamá desde el primer fin de semana que la tuvimos. 
Anthony se giró y me vio parada en la puerta. 
—¡Hola, mami! 
Los cuatro niños abandonaron sus juegos y corrieron a abrazarme. Cerré los ojos para recibir todo su amor. No hay mejor sensación que la de saberse necesitado y ser capaz de brindar todo lo que necesitan: una figura paterna, apoyo y amor, por sobre todo. Amor eterno e incondicional. 
La puerta del baño se abrió y apareció mi madre. 
—Vi tu coche en la entrada —le dije— ¿No pudiste evitar venir? 
—¿Cómo no iba a venir con todos estos niños maravillosos? —contestó. 
—¡La nonna nos estaba ayudando a construir! —exclamó Anthony. 
—Así es —contestó mi madre. Luego, me miró y me preguntó—: ¿Cómo te fue? 
Yo le sonreí con felicidad, lo que sirvió como respuesta. Me devolvió la sonrisa y juntó las manos con emoción. 
Los niños todavía estaban a mi alrededor, así que me arrodillé para estar a su altura. «Esto se pondrá más difícil después del tercer trimestre», pensé mirándolos uno por uno. 
—Me acabo de enterar que dos niños más se van a unir a nuestra familia —anuncié—: un niño y una niña. 
Anthony frunció el ceño. 
—¿Como Corey y Karen? 
Corey y Karen eran dos chicos que habían vuelto con sus familias biológicas unos meses antes. Anthony había sufrido más que el resto por sus partidas. Como dije, ser familia de acogida es difícil por momentos. 
Me encogí de hombros. 
—Puede ser. No sé cuánto tiempo se quedarán con nosotros. El tiempo que necesiten; puede ser un par de meses o un par de años —Les sonreí—. Estarán aquí el lunes. ¿Qué les parece si los recibimos con los brazos abiertos? 
Los cuatro niños asintieron, especialmente Ginny, Peter y Rosalind. Anthony era demasiado pequeño para recordar algo de su adopción, pero los otros tres sabían lo que era llegar a un lugar nuevo, desconocido. 
Eran tan buenos entre ellos. ¡Me sentía tan afortunada! 
—¡Espero que les guste jugar a la construcción! —exclamó Anthony de pronto: —¡Cuánta más gente ayude, más alta podremos construir la torre! 
—¿Has visto la torre? —preguntó Ginny despacio, señalándola. 
—Sí, la vi —contesté con excesivo entusiasmo—. ¡Es enorme! ¡La más grande que han construido! —exclamé juntando las manos— En menos de una hora, salimos al partido de béisbol. ¡Vamos a prepararnos! 
Con mi madre, preparamos a los niños y les cambiamos la ropa. Conmigo, solían portarse muy bien. Pero cada vez que mi madre, la nonna, como le decían ellos, estaba cerca, eran más revoltosos de lo normal. Hoy no era la excepción. Tardamos media hora en dejarlos listos. A Derek le gustaba decir que era como tratar de atrapar chanchos enlodados. 
Anthony y Ginny tenían puestas las camisetas de los Dodgers. Sin embargo, Peter y Rosalind habían caído bajo las garras anti-Dodgers difundidas por mis tres esposos, así que tenían puestas las camisetas de Fresno Grizzles. 
«Al menos no son de los Giants», me dije. 
Volvimos a la casa principal y vimos que Derek ya había llegado. Estaba de pie en la sala, resplandeciente en su uniforme de jefe de bomberos; la chaqueta oscura tenía unas líneas doradas en la manga y botones también dorados en el frente. Al verlo, los chicos gritaron de felicidad. 
Yo lo miré con seriedad. 
—Este trabajo nuevo te demora bastante en llegar a casa, más de lo que me gustaría. 
Derek sonrió y sacó de atrás suyo un ramo de rosas rojas y amarillas. 
—Me demoré porque me detuve a comprarte estas flores. 
Yo tomé el ramo y no pude evitar una sonrisa. 
—Casi muerdo el anzuelo. 
Él me devolvió la sonrisa. 
—Gracias por ser tan paciente conmigo y con este trabajo nuevo que estoy haciendo —Cuando vio a mi madre, sacó de no sé dónde otro ramo de rosas—. Y gracias a usted, nonna. 
Ella lanzó un gritito de emoción y lo abrazó. Tomó las flores y fue hasta la cocina para ponerlas en un florero. 
Derek se arrodilló y sostuvo en alto dos flores. No eran rosas. Eran flores más simples, las escabiosas que se ponen entre medio de los ramos de rosas. 
—Ginny, Rosalind, no me olvidé de ustedes. 
Las niñas lo miraron con atención, sorpresa y asombro. 
—¡Gracias, papi! —exclamó Ginny. 
—Gracias, Derek —dijo también Rosalind. Todavía no se sentía preparada para decirle papá. Y eso estaba bien. Cada uno iba a su ritmo. Eso Derek lo sabía mejor que nadie. 
La pellizcó juguetonamente en la panza. 
—Me gusta tu camiseta de los Fresno Grizzlies. Mucho mejor que aquella —dijo señalando con el pulgar a Ginny. 
Pero Ginny gritó: 
—¡Los Dodgers son los mejores! 
—¡No lo creo! —le respondió él, y alzó a la pequeña en el aire para hacerla girar en círculos. Ginny se mataba de la risa y jugaba a pelearlo, diciendo cosas sin sentido que sonaban como halagos para los Dodgers e insultos para los Giants. 
Cuando Derek la dejó en el suelo, le dijo: 
—Te quiero, Ginny Winney, aunque seas de los Dodgers, como tu mamá. 
Ginny le sacó la lengua. 
Sí, se iba a poner tan contenta cuando se enterara de que la adopción finalmente había sido aprobada. 
Derek se levantó y me acarició la mejilla. 
—Lamento tener que trabajar hasta tan tarde casi todas las noches. Todavía me estoy acostumbrando a este puesto y lo que significa estar a cargo. Pero ya lo iré mejorando, te prometo. 
Le acaricié la mejilla. 
—Me alegro. Porque acabo de firmar la admisión de dos niños nuevos. 
Él se quedó petrificado. 
—¿En serio? ¿Los que hablamos?
Yo asentí. 
—Llegan el lunes. 
Derek inhaló hondo y me abrazó con tanta fuerza que podía sentir los botones de su chaqueta clavándose en mi piel. 
—Gracias —susurró a mi oído—. Gracias, gracias. 
Sabía que me agradecía por muchas más cosas que por los dos niños que vendrían a casa. Me agradecía por todo: por estar con él, por aceptarlo y por ayudarlo a crear un buen hogar para todos ellos, un hogar apacible y lleno de amor, muy diferente del hogar donde él se había criado. 
—Te amo tanto —dije en un susurro. 
Me besó y le repliqué: 
—Yo te amo más. 
—¡Qué asco! —gritó Anthony— ¡Ya dejen de besarse! Tenemos que ir al partido. 
Derek se puso un atuendo casual y entonces salimos todos por la puerta del frente. A veces, me sentía la matriarca del grupo: tres esposos, varios hijos y una abuela que siempre andaba por ahí, metiéndose en líos con los niños. 
Era descabellado, caótico, estresante y emotivo, y a veces me pasaba noches enteras llorando. 
Pero las mejores cosas de la vida requieren un trabajo arduo, y ser mamá adoptiva no era la excepción. Esta era la vida que nunca había sospechado que quería, y no la cambiaría por nada en el mundo.